viernes, 20 de abril de 2018

La ventana de Zahara




Hay una ventana asegurada con un cierro, que así se llaman estos herrajes por el Sur. No es nada feo el cierro. Según lo mires hasta tiene su cosa modernista y todo. Me sorprende verlo aquí, en este pueblecito de pescadores de atunes, un lugar que aún no ha perdido totalmente ni su origen ni su esencia.

Está embutida la ventada entre mil capas de cal de toda la vida. De esa cal que se descascarilla y se comen las embarazadas. Es la cal de nuestras abuelas, la que hacía hervir el agua y había que dejar reposar antes de enlucir la pared con una escobilla.

Pero, no sé… Escapa de la ventana la enorme voz de Ella Fitzgerald, y eso es lo que me hace mirar y percibir un enorme contraste. Se ve que ya no es la morada de un almadrabero de Zahara de los Atunes. Al pescador que allí viviera se le escaparía por la ventana un quejío de los que salen del fondo de un alma dolorida, no estos sones tan alejados de la esencia del Sur. Y tal vez sea eso lo que me sorprende, el contraste. Lo inesperado de la mezcla me hace mirar, detener el paseo… lo amigos se adelantan y quedo plantado delante del cierro. Hipnotizado. Es una ventada bañada de un sol que ciega, aunque sea primavera, y no, no está diseñada para dejar escapar la voz de Ella Fitzgerald. Debe ser la globalización, que arrasa lo singular de cada lugar y lo uniformiza todo.

Sí… la vida está compuesta por un millón de momentos mínimos, aparentemente insignificantes, y nunca podremos saber cuál de ellos nos marcará hasta formar parte de nosotros. Cauterizados estamos frente a las barbaridades que cometen cada día unos hombres contra otros hombres. A fuer de cotidianos, esos momentos terribles, ya no nos movilizan y permanecemos indiferentes…

…pero, sorprendentemente, una sencilla ventana del Sur —rodeada de cal, enmarcada con un cierro que quiere ser modernista, y escapando de ella no un quejío, sino el lamento de Ella Fitzgerald— es capaz de añadirse a la vida como un instante simple, inesperado, irrepetible y, sobre todo, bello.

jueves, 12 de abril de 2018

La gente que no sueña parece incompleta


Estoy cerca de los que se indignan, de los que protestan, de los que se movilizan… aunque yo permanezca callado, me trague la indignación y siga en el sillón esperando que otros hagan el trabajo. Reconozco mi cobardía y reconozco que me han vencido. No soy ejemplo de nada. Lo sé.

Imagen de © Ángel López González

Pero admiro a los que tienen la valentía de intentar cualquier cambio de cualquier aspecto de esta sociedad que han planificado sin nosotros, a nuestras espaldas. Admiro a los que se implican y se arriesgan para construir un mundo algo más justo, aunque sólo sea en el espacio que les rodea.

Estoy cerca de cualquier huelguista que pelea contra los grandes patronos, esos patriotas que deslocalizan empresas porque así son más competitivas y ganan más dinero. Y me niego a aceptar que las leyes del mercado nos gobiernen… porque las cosas deberían estar más cerca del hombre que de los inventos que nos devoran. Me niego a aceptar esa lógica macabra que dirige nuestras vidas —el máximo beneficio privado como motor del mundo—. Creo que habría que identificar ese concepto neoliberal, inequívocamente, como el gran fracaso de la civilización. Como el concepto más tenebroso que hemos inventado los hombres. Tenebroso por la perversa sutileza con que nos han impuesto la imposibilidad de cualquier alternativa. Tenebroso porque, sin saber cómo, hemos aceptado la resignación como única posibilidad… esto es lo que hay, o lo tomas o lo dejas. Y nos han convencido de que buscar la felicidad de la gente es una estupidez propia de ingenuos. Lo han hecho y han tenido éxito.

Yo detesto a la mayoría de los políticos al uso, por su complicidad y porque nos arrastran a la resignación del esto es lo que hay. Porque se embuten de cabeza y de corazón en esa praxis neoliberal como única posibilidad de ser y estar en la modernidad. Prefiero —si los hubiera— a políticos ilusos y utópicos, los que a pesar del devenir del mundo busquen la felicidad de la gente. Los quiero soñadores porque los otros sólo demuestran tener pesadillas y, lo que es peor, nos introducen en ellas, en sus pesadillas, como peones prescindibles… o lo tomas o lo dejas. La gente que no sueña me parece incompleta porque renuncia a la sugerencia de un horizonte mejor… por eso los gobernantes que no sueñan, es decir, los políticos pragmáticos y apegados a la distopía neoliberal, a la política real, son un peligro para la felicidad de la gente.

Prefiero ser ingenuo a estar resignado… es la única forma de seguir vislumbrando un horizonte, una entelequia, una ilusión.

jueves, 29 de marzo de 2018

La huella del hombre muerto

Más info sobre la represión franquista en San Fernando
Este artículo de publicó en La Voz del Sur

La huella del hombre muerto es irrepetible. Tuvieron que pasar tres mil millones de años de evolución para llegar a Domingo Sánchez Rodríguez, un barbero de veinticinco 25 años, vecino de Alcalá de los Gazules que murió asesinado por los fascistas españoles. Ningún ser humano ha nacido igual a otro ser humano. Y la huella de cada dedo de cada hombre es única e irrepetible. Poco más dejaron para recordar a Domingo, apenas una huella impresa en un papel en mitad de un archivo de viejos papeles.

La huella irrepetible de Domingo Sánchez Rodríguez, asesinado

Puede que no fuera el mejor hombre de la historia. Seguro que no. Tuvo sus devaneos con la marginalidad social y, en consecuencia, la justicia de la II República española lo condenó por robo a doce años y un día de reclusión. Pero nada hacía suponer que los fascistas que tomaron el poder el 18 de julio de 1936 lo asesinaran. La vorágine de sangre y sinrazón que desplegaron en San Fernando (Cádiz) acabó con su vida irrepetible.

No todos los hombres asesinados en la ciudad durante el Terror Caliente —ejecuciones extrajudiciales cometidas en verano, otoño e invierno de 1936— fueron potenciales opositores al golpe militar y fascista. No todos fueron sindicalistas, masones, maestros, obreros y jornaleros significados, políticos del Frente Popular, militares leales a la II República o dubitativos. No. También mataron, con esa odiosa impunidad que gozaron los represores, a presos comunes que tuvieron la desgracia de estar en el peor sitio y en el peor momento. En San Fernando asesinaron sin razones y sin necesidad a un puñado de presos comunes. Eran hombres procesados y condenados durante la república —antes del 18 de julio de 1936—  a distintas penas de prisión por robo, hurto o estafa. Delitos que no merecían la muerte. Nadie la merece…

…pero eso no importó a los que tomaron el poder por la fuerza bruta de las armas. El exterminio de la clase política de San Fernando, que fascistas y militares golpistas iniciaron el mismo 18 de julio, alcanzó a ese puñado de presos comunes. Acabaron muertos y enterrados de forma anónima e irrespetuosa en las fosas comunes de la ciudad. Y olvidados también. No fueron héroes, ni defensores intelectuales de la república, ni combatientes directos contra la barbarie fascista. Simplemente estaban allí, inoportunos en una prisión que se llenó de personas incómodas para el Glorioso Movimiento Nacional Liberador de la Patria. Y no sabemos por qué los eligieron, tal vez se equivocaron de lista y mataron a los que no estaban señalados con la macabra cruz. A estas alturas de la historia no creo que alcancemos a conocer las causas reales.

Pero murieron. Los mataron con premeditación. Un sacerdote los acompañó hasta el paredón, y los atendió en los últimos momentos, poco antes de los disparos que acabaron con sus vidas. Y estos curas dejaron anotados los datos de la fechoría en su Libro Único y Secreto. Libro que hoy día permanece oculto, pero conocemos gracias a la osadía de unos hombres que lo fotocopiaron a escondidas. De no ser así tendríamos muy pocos indicios de estos asesinatos. Lo hicieron en dos paseos, el 15 y el 16 de octubre de 1936. En ambos casos estaban encarcelados en la Prisión Municipal de San Fernando cuando la Superioridad —el gobernador militar de Cádiz— ordenó el traslado de estos hombres a la Prisión Central del Puerto de Santa María. En el primer caso existe una anotación en el expediente que abrieron a Domingo Sánchez Pérez en la Prisión del Partido de San Fernando, que dice:

«15 octubre 1936: Sale conducido por la guardia civil para la Prisión Central del Puerto de Santa María por virtud de orden de la Superioridad». Lo firma el Jefe, José Díaz.

Pero ese mismo día Domingo fue asesinado junto a José Fernández Tizón, Julio González Rodríguez, Miguel Rodríguez Cabeza, Manuel Rodríguez Castellano y Francisco Torres Alcántara. Según los curas, todos ellos fueron enterrados en San  Fernando. Al día siguiente sacaron de la cárcel municipal a otros cinco presos comunes. Hay un recibo de entrega que dice:

«Prisión del Partido de San Fernando. He recibido del señor jefe de la prisión de esta ciudad a los procesados Juan Tejada Godoy, José Cañavate Rivera, Antonio de la Llaga Filipo, Rafael Zapata Ruiz y José Mª Rodríguez Pérez para [conducirlos a] la Prisión del Puerto de Santa María. San Fernando 16 octubre 1936. El sargento [de la guardia civil]: Claudio Luengo Pisano».

Tampoco llegaron a su destino. Ese mismo día los sacerdotes dejaron registrado que fueron fusilados por aplicación del Bando de Guerra y enterrados en San Fernando. Algunos de ellos, incluso confesaron con edificación, dijeron. Sin duda, un triunfo para el sacerdote haber ganado esas pobres almas para su causa…

…habría que preguntar a las familias, cuando supieran el destino de estos hombres, qué consuelo tuvieron.

Y, recuperada la memoria, ¿qué hacemos ahora?

miércoles, 14 de marzo de 2018

Hay un indigente en la puerta trasera



Hay un indigente en el hueco de la puerta trasera. Apenas cabe tumbado, ni a lo largo ni a lo ancho. Siempre lo veo encogido, tapado con una manta hasta la cabeza. O sentado, mirando sus zapatos. El suelo que toca es de hormigón, y al cabo de unas horas debe ser insoportablemente duro. No tiene medios propios para alimentarse, ni para vestirse. Posiblemente depende para eso de los servicios sociales de la ciudad. Tampoco tiene casa, ni familia que lo cobije. No conozco su historia. No sé cómo llegó a esta situación, pero podría ser cualquiera de nosotros…



Delante de su atalaya se abre el Parque del Barrero (San Fernando, Cádiz, España) con un sauce llorón a pocos metros, sus ramas casi le tapan. Detrás del hueco que usa como hogar está la infranqueable puerta metálica del supermercado… pareciera que el sistema lo haya encajonado en ese rincón. No tiene adonde ir.

Lleva ahí varios días, lo veo al pasar con la perrita… y no soy capaz de levantar la vista y mirarlo directamente. Apenas le dedico un vistazo fugaz y siento una punzada de culpabilidad por tener lo que tengo y seguir callado. La existencia de personas en su situación me hace sentir cómplice de su desgracia…

…y no debería, porque este hombre, y miles como él, son un subproducto del sistema de valores que nos gobierna. Este hombre sin techo es una consecuencia directa de las políticas neoliberales que desarrollan todos los gobiernos del planeta (salvo honrosas excepciones que, encima, son tachadas de pantomimas políticas). Es verdad que el sistema genera riquezas, pero «…la concentración aguda de riqueza en manos privadas ha venido acompañada de una pérdida del poder de la población general», decía últimamente Noam Chomsky. Sí, genera riquezas este sistema, y las acumula en pocas manos. No está diseñado para otra cosa.

Estas personas que nos rodean en mitad del occidente opulento —y los millones de inmigrantes que huyen de la pobreza y de las guerras provocadas por los poderosos— sobran en esta sociedad adocenada, triste, deshumanizada, irracionalmente competitiva y profundamente injusta. Sobran porque así lo define el mantra neoliberal que tenemos: «Sacrosanta libertad de los mercados y máximo beneficio privado». Molestan estos hombres excluidos porque no producen, no consumen y porque les cuesta dinero mantenerlos con vida.

El hombre que vive en el hueco de la puerta trasera del supermercado es un estorbo, y su visibilidad, en lugar de señalar a los poderes que lo provocan y acusarles de criminales… la visibilidad, digo, y el desamparo de estos hombres, recae en nosotros para provocarnos sentimientos de culpabilidad. Hasta ahí llega la mezquindad criminal de los que nos gobiernan en la sombra —nos gobiernan a través de los políticos visibles que elegimos cada cuatro años—. La jugada es de una notable maestría: 1º.- El neoliberalismo produce excluidos sociales. 2º.- Se desentiende de ellos porque son una rémora en su sistema y el Estado no está para esas cosas tan caras. Y 3º.- Nos convencen de que la solidaridad de la gente común es la solución. Y lo hacen así porque consideran que no es su tarea humanizar el reparto de la inmensa riqueza que generan. No sólo los abandonan al darwinismo social —que sobreviva el más emprendedor, no importa la salud del planeta­, lo que importa es seguir produciendo y consumiendo, aunque sean gilipolleces—, además, nos hacen culpables si no desarrollamos la solidaridad con la gente desahuciada por las políticas neoliberales.

De esta forma el sistema deja la solución del problema a la buena voluntad de los hombres buenos y, lo que es peor, culpabiliza a los que cuestionan la solución solidaria y personal.

No sé… tal vez deberíamos ir pensando cómo coño se aborta esta involución humanitaria provocada por las políticas neoliberales… verdadero cáncer de la humanidad.


domingo, 4 de marzo de 2018

El oxímoron de los represores


Ese día, cuando llegaron a la fosa los miembros de Rayuela, los arqueólogos de AMEDE recién habían desenterrado varios cuerpos. El amasijo de huesos que descubrieron en esa zona era un caos. Y uno imagina que a mayor caos, mayor vileza desplegaron los represores. Aquel día del verano de 1936 mataron a muchos, y los tiraron de cualquier manera en la fosa que abrieron en el cementerio civil de San Fernando, cementerio para disidentes lo llamaban. Una cosa es saber lo que pasó y otra cosa es ver esto, decía Leonor. Lo decía con dificultad, mientras miraba el fondo, con la garganta atrancada de emoción. Me emociona la emoción de los demás.



Los que trabajan dentro de la fosa, separando con mimo la tierra de los huesos —a veces me parece que los acarician con cariño y con un poco de pena—… los que trabajan dentro, digo, saben distanciarse de las cuencas vacías que sacan a la luz, del orificio de bala en la cabeza que acarician con el pincel, de la carcajada eterna de la calavera… se distancian como los médicos deben poner cierta barrera emocional con los pacientes. Pero los que visitamos la excavación de vez en cuando, no nos acostumbramos a la macabra escena. Las cuencas vacías te atrapan. Cada detalle de cada cuerpo de atrapa. Te atrapa la conjetura que surge, ¿estará dedicada esa medalla sobre la vertebra? ¿Habrá una inscripción en el anillo de esa falange? Te atrapa la historia por escribir que hay detrás de cada cuerpo descubierto. Quedas atrapado en el laberinto de emociones que emanan de la fosa… no sólo son huesos lo que vemos, nos apabullan las emociones que afloran después de ochenta años aprisionadas debajo de la tierra. Parece que no hayamos abierto una fosa, sino los corazones de esos hombres muertos.

Los asesinaron en el verano y otoño de 1936 con una Discreción Escandalosa. Luego los enterraron con una Visible Ocultación. Los Desaparecieron con Evidencia… Los carceleros de turno, ya fuese en el Penal de la Casería de Osio, en el de Cuatro Torres o en la Prisión del Puerto de Santa María, siempre dijeron la misma frase: Su marido ya no está aquí, señora

…no estaban allí. Nadie sabía nada, pero todos conocían. Ya estaban muertos con esa Discreción Escandalosa, Evidentemente Desaparecidos y Visiblemente Ocultos bajo paladas de cal y zahorra al amanecercontradicciones aunadas para formar el oxímoron que compusieron los asesinos del 36 como si fuera una pesadilla. Matar, hacer desaparecer el cuerpo y generar la incertidumbre en el cuerpo social de los vivos. Y con ello, familia, amigos, compañeros y conocidos quedaron inoculados de inacción. Ocluidos en una sociedad emergente en la que no cabían. Crecía la nueva España como una Patria diseñada sólo para los otros y sustentada en los muertos que hoy desenterramos. Mal cimiento para una sociedad nueva.

El oxímoron de los represores tejió una trama de terror que paralizó el cuerpo social de este pueblo, San Fernando, y eliminó de cuajo cualquier asomo de resistencia al nuevo régimen militar, fascista y clerical que asoló España desde entonces…

…pero hoy, por fin, los cuerpos vuelven a respirar. Y eso nos emociona.
  

Adenda
Rayuela: Es una tertulia literaria de San Fernando
AMEDE: Es la asociación de familiares de víctimas del franquismo que abre y exhuma las fosas comunes en el cementerio de San Fernando, con la ayuda del Ayuntamiento, Diputación de Cádiz y Dirección General de Memoria Democrática de la Junta de Andalucía.
Oxímoron: “Combinación, en una misma estructura sintáctica, de dos palabras o expresiones de significado opuesto que origina un nuevo sentido, como en un silencio atronador”.

lunes, 5 de febrero de 2018

Un viejo violín de estudio


Miguel Blanco Ferrer fue maestro de primera enseñanza en San Fernando (Cádiz) y tenía todas las papeletas para que le tocara el macabro sorteo. Y le tocó. Maestro republicano entre una horda de fascistas. Pastor evangélico en mitad de una Cruzada de liberación nacional-católica. Masón en un tiempo de bárbaros iletrados marcando la legalidad. Y presidente de Acción Republicana, uno de los partidos políticos que componían el Frente Popular que gobernaba la ciudad. Miguel tenía todos atributos que abominaban los militares, curas y fascistas que se levantaron contra la II República española el 18 de julio de 1936.



Ese mismo día lo apresaron. Las compañías de Infantería de Marina, tropas de marinería y grupos de falangistas, apenas habían tomado militarmente la ciudad. Los saqueos en las sedes de partidos políticos, sindicatos y logias masónicas aún no habían concluido. Cuando nadie en la ciudad tenía claro qué demonios estaba pasando… Miguel ya era preso. Años más tarde lo explicaban los represores con ese desparpajo que proporciona saberse impunes y amparados por los cómplices de la misma fechoría. Decían de él, como para justificar su asesinato, que «…era incansable propagandista de toda idea revolucionaria, extremista y anticlerical. Fue detenido el 18 de julio de 1936, y por sus antecedentes se le aplicó el Bando de Guerra…».

Sí. Se le aplicó el Bando de Guerra, y ya sabemos qué significa eso, que le arrancaron la vida a balazos…  no porque empuñara la palabra contra el infame movimiento. Tampoco por actos ni por hechos cometidos contra la Gloriosa Cruzada Nacional —no tuvo tiempo material para oponerse de forma activa—. Lo mataron porque fue maestro, evangélico, masón y republicano, en un tiempo en el que ser todo eso era legítimo, legal y normal. A nadie engañan ya, los criminales fueron ellos, los que se alzaron en armas contra la legalidad democrática. Lo asesinaron con la estética de un fusilamiento, pero no hubo sumario, ni paripé de juicio, ni nada parecido. Lo silenciaron por lo que Miguel significaba, y porque su sola existencia ponía en evidencia la barbarie de los Manzorro, Isasi, Fossi y demás salvajes, que convirtieron este pueblo en un cementerio de muertos en vida.

Su madre lo visitaba todos los días en el Penal de la Casería de Osio, hasta que una mañana de septiembre le dijeron que no volviera: su hijo ya no está aquí, señora. Las mismas palabras que escucharon cientos de madres y viudas en ese tiempo. Miguel tenía entonces treinta y dos años. Lo habían sacado del Penal en la madrugada del 10 de septiembre de 1936, junto a once presos más. Los subieron en un camión y a todos ellos fusilaron a las cinco de la mañana, junto al muro oeste del cementerio de San Fernando. Un cura quiso bautizarlo y confesarlo, se supone que para franquear su entrada en un dudoso paraíso. Él se negó. Luego arrojaron sus cuerpos, sin cuidado, con el tiro de gracia aún sangrante, en una fosa común de la parte civil. Tal vez los podamos exhumar en poco tiempo (1). Les daremos entonces, a todos ellos, una memoria y una dignidad que sus asesinos quisieron robarles.

Lo que no supieron los represores —no tenían por qué saberlo— es que su madre guardó el violín que Miguel tocaba ocasionalmente. Y lo envolvió primorosamente en un paño, y lo guardó entre su ropa. Y así permaneció todos estos años, en silencio, en la cercanía y apegado a sus llantos, penas y mudanzas. De madre a hija, de hija a sobrina (2). Siempre en silencio y sin encontrar un lugar definitivo. Hasta que ocho décadas después, ya entrado el siglo XXI, Manuel, un sobrino-nieto lo acarició de nuevo…

no es un ejemplar extraordinario, dijo el luthier madrileño. Pero, sí, merecía la pena restaurarlo. Y eso hizo la familia. En lugar de comprar un nuevo instrumento para el joven aficionado, restauraron el de Miguel. Ese viejo violín de estudio, el que según decía la abuela —en voz baja, como se contaban estas cosas— perteneció al hermano que mataron en la guerra. Ese.

Ya hace más de ochenta años que silenciaron a Miguel: «…eliminado en los primeros días del Glorioso Movimiento Nacional…», decían los represores. Y es ahora cuando Manuel —ingeniero, aficionado violinista y sobrino-nieto de aquel maestro republicano—, dos generaciones más tarde, lo hace sonar en la orquesta de la Universidad Autónoma de Madrid y en la Camerata Musicalis

…y no sé. Consuela pensar que los asesinos han fracasado. Reconforta imaginarlo porque a pesar de todos los intentos de criminalizar a hombres como Miguel Blanco Ferrer, y pese al empeño en borrar su memoria y lo que representaban, en una de esas rocambolescas venganzas que ofrece la vida, la historia se revuelve contra el olvido y planta cara a la mentira: los asesinos han fracasado. Y lo han hecho porque, a pesar de sus esfuerzos, siguen vivos los valores que pretendieron exterminar matando a Miguel.

Suenan libres las notas del viejo violín. Hoy las toca el hijo de su sobrina. Y con ellas, vuela la memoria y la dignidad del joven republicano.

¡Salud, amigo!



Nota (1): AMEDE excava y exhuma los cuerpos de la fosa común de San Fernando, con la colaboración del Ayuntamiento de la ciudad, Diputación de Cádiz y Dirección General de la Memoria Democrática de la Junta de Andalucía.

Nota (2): Gracias, Ana María.

martes, 23 de enero de 2018

Los almendros morirán este año


Los almendros de Torre Alta morirán este año. Casi estamos en febrero y no despuntan las flores bancas. En ninguno de ellos. Han permanecido abandonados durante décadas. Nadie recogía sus almendras, y nadie podaba sus ramas secas desde que el viejo huerto se convirtió en un manchón abandonado. Uno más en la Isla de León. La torre alta y blanca los vio nacer y los está viendo morir. Demasiado han vivido me parece a mí. Nada parece ser eterno.



Yo los encontré ahí hace cinco lustros… los almendros no caminan y no deciden cuándo morir. No pueden. Hace años paseaba entre ellos con el viejo Trufo, y ahora lo hago con la joven Boro-boro. Todas las mañanas lo hago. A veces encuentro a un señor sentado en el murete, hurgando el barro de la suela de sus botas con un palito. Boro-boro siempre le ladra. Para compensar el agravio, yo le saludo…  pero nunca contesta.

Hay basura y mil botellas rotas entre los almendros… se ve que a los jóvenes bebedores nocturnos —los que se arrejuntan en manada frente a los almendros— no les importa dejar todo convertido en un estercolero. Suelo pensar lo mismo cada día, y se lo digo a Boro-boro: estos chicos son idiotas: escupen hacia arriba. Pero levanta las orejas y pone cara de no entenderme. Tal vez los jóvenes no identifiquen con claridad quien es el enemigo y la emprenden a botellazos contra el suelo… y convendría que lo identifiquen pronto, antes de perder la osadía de la juventud. El problema parece ser que no saben —o no quieren— comprender la mierda de sociedad que nos han impuesto los poderosos. Y tampoco parecen conscientes de que son ellos —los que pintan penes en las paredes blancas, los que beben y rompen las botellas en el suelo— los que tienen que pelear para cambiarla… si es que quisieran cambiarla, que a lo mejor ya están lo suficientemente adocenados como para que les guste lo que hay. Que todo es posible cuando te han convencido de que la felicidad consiste en tomarse una botella de ron con los colegas y al carajo tó lo demás.

El pasado fin de semana alguno de esos jóvenes bebedores nocturnos, entre buchito de ron y caladita de porro, debió tener urgentes problemas de vientre porque dejó su impronta al pie de uno de los almendros, el más alejado del talud de bloques donde ellos se adocenan… a Boro-boro le encanta rebozarse en mierda humana. Los odié a todos cuando la perrita se restregó en las heces. ¡Y ahora qué hago yo contigo!

Un señor mayor también pasea a su perro entre los almendros que mueren. Coincidimos con frecuencia en ese manchón, y temo encontrarlo porque habla demasiado de cosas que no me interesan. Ya soy mayor para soportar simplezas. Hablar demasiado es la condición sine qua non para acabar diciendo pamplinas…


…así que mejor será que calle por hoy.