viernes, 17 de noviembre de 2017

Crecían chimeneas en lugar de iglesias


El coche alcanzó la colina y abajo apareció Tarrasa en tonos rojizos y negros. Era el año 1969, por entonces Lleida era Lérida y a Terrassa le decíamos Tarrasa. Me pareció una ciudad profundamente fea (y pasado un tiempo también la percibí deprimente). La inmensa mayoría de las edificaciones se me antojaron inacabadas, con las paredes exteriores de ladrillos rojos. Las dejaban así, sin rematar y sin pintar de blanco, que es como servidor entendía las paredes: encaladas, como se ha hecho toda la vida…


Fuente: http://www.terrasaenlamira.com/

…pero no estábamos en el Sur, donde conviene que las paredes sean blancas por aquello de reflejar las calenturas del sol. Tal cosa no era importante ni hacía falta en esta ciudad de Cataluña (que en ese tiempo se escribía así, con eñe). El otro detalle que me impactó de la ciudad fueron las innumerables chimeneas de ladrillo rojo que crecían por todas partes. Eran atalayas humeantes, altas y delgadas, que salpicaban el paisaje. Crecían chimeneas en Terrassa como en Écija se elevan los campanarios de cuarenta iglesias… Era evidente que estábamos en un país totalmente distinto. ¡Ya quisiéramos en el Sur algunas de aquellas chimeneas en lugar de campanarios! Pero eso lo comprendí mucho más tarde, cuando amanecí a la conciencia política…

¡Qué insulsa me pareció Terrassa! Nadie ponía flores en las terrazas, ni en los balcones, ni en los patios… entre otras cosas porque no se veían patios. Allí la cultura andalusí no había dejado ni su estética ni su tradición, y las casas y las calles no tenían nada que ver con las del Sur… tampoco impregnaron el carácter de la gente, eso tampoco. Era un país en el que las paredes de las calles estaban tapizadas de hollín industrial, que si te rozabas con ellas salías manchado de negro. ¡Qué distinta de las paredes refulgentes de Andalucía! …no t’arrime a la paré que te va llená de cá…

Al principio fue el choque estético lo que más me sorprendió. Diecisiete años viviendo en Ceuta, allá por el norte de África, donde todo era profundamente español y sureño, y la sociedad se rebozaba en un poso colonial donde mandaban los peninsulares y obedecían los moros; y donde los judíos y los hindúes ponían la laboriosidad y sus buenos dineros. En Ceuta me enseñaron —y les creí— que España era Una, Grande y Libre… pero en Terrassa aprendí en poco tiempo que lliure es un concepto que se conquista a fuer de quererlo, que no se regala, ni se aprende por mucho que lo leas  en un libro de Formación del Espíritu Nacional. Lo entendí allí.

En Terrassa asistí a mis últimas misas como creyente y las oí en catalán. Y fui centro de atención cuando iba con los amigos de mi prima Merche, una preciosa catalana que siempre tuvo su corazón en Ceuta. En esas reuniones, cuando catalanes y charnegos se enteraban de mi procedencia africana, me cosían a preguntas… que catetos eran, no sabían nada de mí mundo y algunos pensaban que había leones por las calles de Ceuta. Me hice un poco científico estudiando ingeniería química y comencé a intentar razonar la vida. Leí muchos libros y escribí carteles que reivindicaban los derechos humanos en un cuartucho de la Escuela de Ingenieros. Corté el tráfico junto a los compañeros de Comisiones Obreras y preparé asambleas en una parroquia de Can Anglada mientras otros vigilaban las esquinas por si venía la policía. Conocí a Mas y a Gual, y a Rico también, que con el tiempo los vi en la tele convertidos en dirigentes políticos. Me empapé de lucha obrera leyendo los panfletos clandestinos que cada mañana tapizaba la parada del autobús. En esos años se luchaba por la recuperación de las libertades democráticas de la gente. Estaba claro que Franco era el enemigo y eso ayudaba a que todos nos uniéramos en la misma lucha, cada uno a su manera. No conocí las aspiraciones nacionalistas catalanas y aún menos las independentistas. No eran visibles, aunque imagino que permanecía latente en reductos más profundos de la lucha política. Por esos años escuché a Tete Montoliú en el Jazz Cava de Terrassa, un tugurio lleno de humo y música; y conocí a un joven y melenudo Lluís Llach que ya cantaba L’astaca… Lluis era amigo de mi prima Merche.

Pero fui un extraño en tierra extraña. Me sentía más confortado en un grupo de colombianos que estudiaban en la Escuela de Ingenieros que con mis compañeros catalanes. Uno de aquellos, Ventura se llamaba, dejó embarazada a una chica y huyó de la noche a la mañana a su país. Que, por cierto, de vez en cuando le llegaba a alguno de ellos un baúl procedente Cali con comida, café, panelas y paquetes de marihuana. ¡Yo no sé cómo pasaba eso por la aduana! Y eran generosos aquellos colombianos. El primer canuto lo fumé en mi habitación, con intención antropológica… inolvidable la primera experiencia.

En Terrassa, ese pueblo tan distinto a los del Sur, experimenté una soledad que dolía físicamente. Aprendí a pasear mirando mil veces los mismos escaparates, a entrar mil veces en la misma librería para mirar mil veces los mismos libros, un día tras otro. Cierto que me rodeaba de gente, que conocí a Nuri, a Pilar y a otra chica cuyo padre me asesinaba con la mirada… cierto que estuve comprometido con ideas y compartiendo tareas, pero radicalmente solo.

Y después de cuatro años, a medio terminar una ingeniería industrial, me despedí de cuatro amigos. No hubo más. Y volví al Sur. Y entre las cosas que me traje aprendidas, estaba el convencimiento de que Cataluña es una nación como lo es Francia o Portugal, y que los propios catalanes —aunque muchos resulten profundamente antipáticos y arrogantes— son los que tienen que gobernarla.

martes, 14 de noviembre de 2017

En los museos de la Isla


Miguel Ángel López Moreno
Lcdo. en Ciencias Químicas e investigador

En la última jornada de los XX Encuentros de Historia y Arqueología de San Fernando, visitamos los museos de la ciudad, el Naval y el Municipal. Y la tarde anterior, con muy buen criterio, nos dejó dicho Diego Moreno (enlace al artículo de Diego) qué cosa debe ser un museo, su definición; cómo, qué, por qué y con qué intención exponer las cosas… habló de cómo la luz que baña los objetos resalta un matiz u otro, de los parámetros que debe cumplir el edificio para comodidad de las personas, etc., etc., etc. Y es verdad lo que concluyó, que el museo, más que objetos inanimados, debe ofrecer historias…

…pero no deberían ser historias cristalizadas, estáticas, hieráticas, sino todo lo contrario, las historias deberían fluir del museo, como si éste fuera un ser viviente, y empapar al que se adentra en las salas.



Entonces, de lo aprendido en las palabras de Diego y de la visita me surge una cuestión: ¿Y si los grandes museos no alcanzaran a ofrecer historias y sólo llegaran a entregar información? —entendida información como un conjunto de datos que conforman un mensaje capaz de cambiar el conocimiento del sujeto que la recibe—. Planteo esto porque la información difícilmente es neutral y, además, es fundamental para asentar el conocimiento en cada uno de nosotros. La información puede y suele estar impregnada, en mayor o menor medida, de ideología y, por tanto, el museo (en cuanto que es transmisor de información) se podría convertir en una herramienta al servicio del poder dominante, como puede serlo cualquier medio que difunda información.

Porque la información que emana de un museo es poderosa y es creíble. Y lo es porque se le supone planteada con rigor científico… por tanto, es un tipo de información que también es capaz cambiar nuestro conocimiento de la historia y de alterar los juicios de valor que usamos para interpretar la realidad. Es decir, la información, llegue de donde llegue, puede modificar para bien o para mal nuestra forma de percibir la sociedad y con ello nuestra forma de interrelación con los demás. 

O sea. Un museo podría ensalzar solapadamente una raza y denigrar otra, o podría recordar a unos héroes y olvidar a otros héroes. Un museo podría sobrevalorar una cultura sobre otras. Un museo podría silenciar derrotas históricas y convertir escaramuzas en grandes victorias. Un museo podría contribuir a diseñar una historia para un pueblo necesitado de historia. Un museo podría tener la tentación de atribuir la identidad política actual a los primeros pobladores de un territorio… etc., etc., etc.

Es poderosa la información, sobre todo si pasa desapercibido ese poder… pero no sé, necesitaría escuchar a gente que sepa de estas cosas.


Al menos sirvan estos párrafos como ejercicio de reflexión.

viernes, 3 de noviembre de 2017

Amaneció el 28 de octubre


Pues no sé… No sé qué habrá pasado cuando estas líneas salgan a la luz, pero el día siguiente amaneció luminoso y todo parecía apacible en este Sur. Seguramente muchos o pocos catalanes se sintieron independientes y felices esa primera mañana, y puede que otros pocos o muchos estuvieran asustados… pero por aquí abajo aparentemente todo seguía igual. Nada hacía presagiar que fuese un día histórico, de esos que todo el mundo recuerda después de muchos años. El sol salió por el este, que es lo suyo. El mirlo que se posa en el balcón del vecino canturreaba como todas las mañanas. Las hojas de la palmera tiraban ese día más bien para poniente, y eso era buena señal. Boro-Boro meó sobre el césped, pero no largó y apenas se interesó por el nido de ratas que inspecciona cada mañana… últimamente estaba la perrita cambiando los hábitos. Sería que barruntaba la intranquilidad de su abuelo humano. No sé qué más contar… que las chumberas seguían plagadas de cochinilla y no terminaban de recuperarse. Que las retamas apenas sobrevivían a la pertinaz sequía… que me suena eso a tiempos de don Francisco, Caudillo de todos los españoles, quisieran o no. En fin.



Pues eso, que tal día amanecieron independientes… o lo que sea. Y mi compi de la vida andaba ella con una bronquitis que cuando tosía se volvía del revés. Tenía mala cara mi compi de la vida ese día, y estaba jartita de políticos y de independencia. Su prima la llamó desde Pontevedra, que aún olía a humo su casa, dijo, y que habían venido los primos de Madriz a pasar unos días, y que los jodidos madrileños se reían de su acento de meiga. ¡Pues qué acento voy a tener, que parecen parvos!, decía. Pero tenía mal cuerpo mi compi y no le apetecía seguir las bromas. La puñetera sólo se animaba cuando planteaban en la tele lo del Barça y la liga española… que cómo va a ser eso de un equipo extranjero jugando en la liga de otro país. Se reía entre tos y tos como se reía Pulgoso, aquel perro de dibujos animados. No sé si me explico…

…esa mañana del 28 de octubre, en la que los catalanes (incluidos mis primas y mi amigo Trasto) se levantaban indepes o lo que fuera, que no sabe uno, tenía servidor un hijo volando desde Chile a Europa. Una nuera y dos nietos en Copenhage, incrustados ellos en una sociedad nórdica, extraña, pero correcta y leal. El pequeño ni habla español ni habla danés, habla una cosa que sólo entiende su hermana y traductora. Tenía servidor otro hijo que salía de viaje en dirección a Mérida, donde le esperaba su compi de aventuras y de la vida. Y luego seguiría viaje hacia un pueblecito de Málaga, para hacer una entrevista de trabajo con un señor venido de Alemania y afincado en esa Andalucía profunda… ¡cómo y porqué acaba la gente de un sitio en otro sitio! A su vez, su compi de aventuras viajaría a Valencia cada dos semanas para hacer un máster de cirugía veterinaria, que dice que hay un profe argentino que es la repera en su campo. No sé… me parecía que el mundo, incluso el pequeño mundo que me rodea, era una amplia cancha para moverse sin límites, para hablar y vivir la vida abiertamente. Me parecía que atribuir a las personas más o menos derechos y deberes, por ser y estar en una geografía determinada, era una estupidez así de grande.

Cuando paseaba esa mañana con Boro-Boro lo veía claro… el mundo seguía su curso impertérrito, como si lo de Catalunya y España fuera lo que es, algo insignificante comparado con las aspiraciones de cada persona. Lo realmente valioso es conquistar pequeños picos de felicidad, para uno mismo y para los que te rodean. En el fondo creo recordar que se trataba de eso, de buscar la felicidad de la gente, no de complicar la existencia al personal. Y se nos olvida de lunes a domingo… 

viernes, 27 de octubre de 2017

El hombre que quiso robar a la Falange


En San Fernando fusilaron a hombres honrados y los tiraron en fosas comunes. Sus asesinos, decididos defensores de la sublevación del 18 de julio de 1936, y sus cómplices necesarios, por acción u omisión, fueron considerados personas de orden. La opinión de esas personas amorales, sobre la moralidad pública y privada de personas sospechosas de no apoyar el alzamiento, era prueba suficiente para que los jueces inclinaran una sentencia. La adhesión inquebrantable al Glorioso Movimiento Salvador de la Patria, además de los servicios —confesables o inconfesables— que prestaron al Régimen, les permitió vivir sin sobresaltos. Las personas de orden no fueron molestadas por las autoridades fascistas surgidas del alzamiento y de la guerra civil que provocó. Algunos de sus nombres fueron grabados en placas de mármol y repartidas por las ciudades a modo de ejemplo a seguir… leyendas aún cuelgan por las esquinas como sudarios viejos y ninguno de los gobernantes de San Fernando, hasta el día de hoy, ha tenido la dedicación de hacer cumplir la ley, y retirarlos. Los criminales y sus cómplices no deberían ser modelos a seguir por las nuevas generaciones (…pero, visto lo visto, me temo que en España los fascismos se auto regeneran con placas o sin placas en las esquinas).

D. Ramón Alba Guerrero y D. José Sánchez y Sánchez de Movellán. 
Marinos leales a la II República. Fusilados. (Cortesía de la familia)


Uno de esos héroes asesinados y silenciados por la barbarie militar y fascista fue don Ramón Alba Guerrero, natural de San Fernando, hijo de Ramón y Rosario. Afiliado a Izquierda Republicana, teniente de navío de la Armada en la reserva. Estuvo destinado en Algeciras y en Estepona como Ayudante de Marina. En los primeros momentos de la sublevación, aprovechando que vivía en el mismo edificio, entró por una ventana en las oficinas de Falange Española y trató de recuperar la documentación que los fascistas habían incautado en las sedes de sindicatos, logias masónicas y partidos políticos del Frente Popular. Lo apresaron en Algeciras por este intento o por sus antecedentes políticos (aunque la familia asegura que lo detuvieron por ayudar a un compañero, Luis Varela, que huía con un hermano desde Cádiz). A Ramón lo trasladaron a San Fernando y lo encarcelado en el Penal de Cuatro Torres, Arsenal de la Carraca, donde…

«…según manifestaciones de todas las personas que han sido consultadas, y un informe obrante en los archivos de la comisaría informante, a dicho individuo le fue aplicado el Bando de Guerra en San Fernando…».

Aplicarle el bando de guerra significa —para el que no lo sepa— que lo mataron a tiros, al amanecer, y abandonaron su cuerpo en una fosa común, sin identificación. Le quitaron la vida porque, de una forma u otra, había dificultado el éxito de la sublevación. Ocurrió el 14 de enero de 1937 y nadie se molestó en inscribir su fallecimiento en el Registro Civil… tal acto habría significado reconocer un asesinato. No lo hicieron. Tuvo que ser su viuda, doña Dª Emilia Rodríguez Dalmau, la que instara su registro en sede judicial. Dice el documento que falleció «a consecuencia de heridas por armas de fuego», como si las balas se encontraran casualmente con el cuerpo del militar. Dejó un huérfano, Carlos Ramón… Con una alta probabilidad, su cuerpo fue arrojado en la Fosa Común número 2 del cementerio de San Fernando. Pepe Casado la describe así en su obra “Memorias de un malnacido”:

«…fui testigo asimismo del completo [sic] de la primera fosa común de fusilados, y antes de completarla ya habían comenzado los sepultureros a ahondar la segunda que, afortunadamente, nunca se completó».

Llenaron la primera fosa con los fusilados durante el periodo conocido como Terror Caliente, verano y otoño de 1936. A Ramón le cupo el dudoso honor de ser de los últimos asesinados por aplicación del Bando de Guerra, en enero de 1937 —a partir de ahí la represión continuó bajo un remedo de causas judiciales que los historiadores denominan Justicia del Terror—. Por eso es muy probable que esté enterrado en la segunda fosa que describe Casado. Fosa que actualmente está excavando AMEDE San Fernando.

Ese 14 de enero de 1937 asesinaron a siete hombres: Ramón Alba Guerrero (marino), Luis Cereceda Besada (marino), Juan Gil Campos (carpintero de rivera), Juan Miralles Mateo (carpintero de rivera), Antonio Oliva Caro (panadero), Emilio José Ordaz Martínez (practicante) y por último, José Sánchez y Sánchez de Movellán, cuñado de don Ramón.

Sánchez de Movellán también era marino; condestable de la Armada, Auxiliar Segundo Torpedista, que estuvo destinado en la Base de Submarinos de Mahón. Pasó al retiro el 3 de octubre de 1931 y fijo su residencia en San Fernando. Dos hombres de la misma familia, leales al juramento prestado, asesinados el mismo día frente al mismo pelotón. Dos viudas, cinco huérfanos. Nueve víctimas directas del terror pensado y desplegado milimétricamente en 1936.

Según fuentes familiares, a don José le sorprendió el Glorioso Alzamiento en el Arsenal de la Carraca. No sabemos las causas y circunstancias concretas de su detención, lo más probable es que no secundara abiertamente la sublevación militar. Lo encarcelaron en el Penal de Cuatro Torres, en el propio Arsenal, y fusilado el fatídico 14 de enero. Sus asesinos tampoco inscribieron su defunción. Fue su hermano Manuel, meses más tarde, el que instó su inscripción al juez.

Todos merecen ser recordados, pero entre ellos destaquemos hoy a don Ramón Alba Guerrero. Si su intento de entrar por una ventana en la sede de Falange Española —para arrebatar a los fascistas las listas que sirvieron para encarcelar, torturar y asesinar, y para destrozar las vidas de miles de españoles—, hubiese tenido éxito, habría evitado muchos sufrimientos a mucha gente. Este gesto merece nuestra admiración y reconocimiento. La Memoria de este hombre (y la de otros miles de represaliados por el fascismo en España)  trasciende al ámbito familiar y pertenece a todos los españoles. Puesto que «…el conocimiento por un pueblo de la historia de su opresión pertenece a su patrimonio y, como tal, debe ser preservado con medidas apropiadas…» (1), es hora de que los héroes salgan de las fosas, sus historias trasciendan para poder decir, orgullosos, sus nombres y contar sus gestas. Lo merecen.





(1) En el documento de la Naciones Unidas «Principios para la protección y la promoción de los derechos humanos mediante la lucha contra la impunidad»

martes, 24 de octubre de 2017

El submundo de María


Dice Juanita que ella tiene un don porque lloró en el vientre de su madre. Hay muchas leyendas sobre niños que lloran antes de nacer. Durante el siglo XVIII creían en muchos lugares de España que si el feto lloraba tres veces en el vientre, y la madre era capaz de mantener el secreto, el bebé nacía con poderes sanadores. Pero si la madre lo contaba, el futuro niño perdía el don. Debe ser cierto lo de Juanita porque no pierde la sonrisa a pesar de lo que lleva encima: va en silla de ruedas de puro vieja y depende de otros para cualquier cosa, y para colmo tiene una pierna estirada, embutida en un arnés, y la otra doblada en posición normal. Menos mal que es una experta manejando la silla eléctrica por los pasillos de la residencia de mayores. Y a pesar de su situación, y de los achaques y dolores diarios, Juanita no abandona una sonrisa capaz de contagiar a cualquiera. Ese es su don… es que lloré en el vientre de mi madre, explica.



Por eso, cuando la veo venir por los pasillos de la residencia, me gusta que detenga su silla eléctrica junto a la de María, para que le coja una mano y le pregunte... ¿Cómo estás hoy, bonita? ¡Que hay que animarse, mujer! Pero María no le hace mucho caso, anda con la mirada desvaída y la cabeza llena de delirios, que no sabe qué es real y qué imaginado; ni sabe distinguir cuándo acaba el sueño y empieza la vigilia. No sabe por qué usan caretas esos seres que salen por las mañanas, o son muñecos directamente. No lo sabe. María no comprende por qué la atan a la silla cuando ella quiere ir al baño… es que no tienes fuerzas en las piernas, mamá, y te caes. Y tampoco entiende por qué levantan las barandas de su cama. Siente invadida su intimidad cuando la asean y le cambian el pañal y percibe que tiene que defenderse de esa violación con patadas y gritos.

La dejamos hablar de ese mundo inventado. Jura por lo más sagrado que es verdad lo que cuenta, que ella no está loca. Habla de lo que ve y de lo que piensa que le hacen. Y cuando se lo explica a su hijo para recibir su ayuda, el hijo no la contradice y le lleva la corriente como a las locas. Pero María sí se da cuenta de eso y le retira desengañada la mano que le tendía. Aparte de acompañarla, el hijo y la nuera no saben cómo ayudar, a estas alturas de la vida el bienestar no depende del dinero que emplees sino del cariño que apliques… Sólo queda escucharla, acariciarla y esperar a que la medicación haga efecto y la devuelva al mundo entendible, previsible y rutinario de una residencia de ancianos. Puede que entonces recupere momentos de felicidad. Ese es el pequeño gran objetivo. Que se relacione con sus compañeros, que no haya dolor, que duerma sin pesadillas, que se esfume la tristeza y que se sienta segura, protegida y querida.

Poco más. El tiempo nos vuelve frágil. Nos va acercando a nuestra quietud mientras el mundo segue girando perfectamente sin nosotros. No le hacemos falta al universo para que sea lo que tenga que ser. El tiempo es inexorable, fluye en un único sentido: hacia un final estático, sin movimiento y con la ausencia del propio tiempo como variable. Podemos aferrarnos a engañifas esotéricas o a fármacos que hagan el mismo efecto, pero el final es el mismo para cada conciencia: la nada. Un sueño eterno y sin pesadillas…


domingo, 8 de octubre de 2017

#Hablemos. Doce caballas valientes.

En Ceuta, la pequeña ciudad española del norte de África, sólo una docena de personas se vistió de blanco el día seis de octubre de 2017, y salió a la calle a proponer que #Hablemos entre nosotros, los españoles. Sin banderas, porque últimamente las banderas son armas que destrozan países; sin puños ni brazos en alto, porque ya no sirven para saludar, sino para amenazar; sin lemas coreados, que sólo consiguen adormecer tu propio criterio a fuer de griterío. Su presencia era una invitación para hablar y solucionar los problemas que tenemos los españoles, de esa manera, hablando. Porque “queremos un país mejor y no uno infinitamente peor”. Esa docena de ceutíes se reunió siguiendo la convocatoria de un manifiesto que pedía que la gente hablara y demostrar así que nosotros, el pueblo, somos mejores que los políticos que dicen representarnos…

…pero Ceuta es especial. Siempre lo ha sido. Una isla rodeada de agua y empujada por detrás por un país hostil. La salvación de Ceuta es, para la población de origen peninsular, sentirse infinitamente más española que la de Zamora… Tal vez así se pueda compensar la creciente e incontenible población española de origen marroquí que se siente mucho más vinculada a Ceuta, como tal entidad política, que a España. Y de esa falta de integración, entre ciudadanos de distinto origen cultural, todos somos culpables. Buena parte de la población de Ceuta es, en mi opinión, mayoritariamente españolista (en el sentido más peyorativo del término), intransigente y filofascista.


Los comentarios que generaron esta noticia de “Ceuta al Día” en las redes sociales son tristes. Vuelco algunas (una vez corregida la ortografía):

Jacob Grimm La de majaras que hay en Ceuta, madre mía. La mayoría fijo que no se ha tomado la medicación esta mañana.
Carmen Ferron Garcia Que salga la legión pa ya y nada de discusión joer.
Teodoro Sanchez Mateo ¿Fiesta ibicenca?
Mario Torres Por primera vez estoy de acuerdo con Alfonso Guerra: no se habla con golpistas.
Francisco Jose Macias Lozano ¿El vestirse de Blanco es en SOLIDARIDAD CON LAS DAMAS DE BLANCO DE LOS REPRESALIADOS DEL RÉGIMEN CUBANO Y VENEZOLANO? Vaya telita lo que queréis para NUESTROS HIJOS
Francisco Jose Macias Lozano GOLPISTAS, A COMER GARIBOLOS. NO HAY QUE DIALOGAR CON GOLPISTAS, SOLO LA CÁRCEL

Etc., etc. Parece que a los hombres (no ya a estos ceutíes que comentan, también a los españolistas y catalanistas) nos fascinara la posibilidad de un conflicto social y físico. Nos atrae la violencia como la luz a los besugos…

Pero esta es una confrontación física inventada por otros y desarrollada y propagada inconscientemente por personas como las que hacen estos comentarios… simples correas de transmisión de las opiniones difundidas en los medios de difusión comprados-pagados por los poderosos. Los vecinos de cualquier ciudad de España conviven mejor o peor, y normalmente siempre prevalece la cordura… son otros los que nos crean los conflictos para incrementar sus ganancias. A esos, mejor marginarlos, defenestrarlos intelectualmente y superarlos. Y entre nosotros debemos hablar. La democracia también implica que el otro tiene, siempre e inevitablemente, una parte de razón, aunque sea una parte microscópica de razón, y aceptarla… y continuar con el diálogo a partir de ese pequeño acercamiento, con la misma premisa: algo de razón tiene el otro, hablemos, sentados, con las manos encima de la mesa y sin gritar.

En todo el proceso de la identidad de los pueblos de España siempre me he preguntado: ¿Qué puñetas tiene que ver un ceutí, o un señor de Cuenca, en cómo se gobiernan los catalanes?

En todo caso: ¿Lo hablamos?

viernes, 6 de octubre de 2017

Quiero levantar mi patria, un inmenso afán me empuja…


Vi cómo unos hombres quemaban vivo a otros hombres. Ocurrió en Nigeria. Uno de ellos estaba tan exhausto que ya no tenía fuerzas ni para gritar. Sentado en el talud de tierra, dejaba que ardieran sus ropas sin pelear contra las llamas. Abría y cerraba la boca buscando aire sin emitir sonidos. Un numeroso grupo de hombres negros, empleando una violencia extrema, quemaban a otros hombres vivos y se reían del sufrimiento extremo que les provocaban. No tenían la mínima misericordia ni sentían la menor empatía. Disfrutaban haciéndolo. No había diferencias físicas entre los asesinos y los asesinados. Todos me parecían hombres negros de Nigeria. No sé qué señas de identidad determinaba que unos merecieran morir quemados y otros sentir placer con el suplicio del otro. Aparentemente eran exactamente iguales…

…no sabía en ese momento que eran musulmanes quemando a cristianos, y que ese era el motivo que los diferenciaba. Étnicamente pertenecían al mismo grupo racial, pero a tribus culturales distintas, y eso justificaba lo que estaba pasando. El aprendizaje social, que debería funcionar como contención para la crueldad, se transformaba precisamente en motivo para justificarla. El hombre es un lobo para el hombre.

De nada les había servido, a estas alimañas, los cinco mil años de civilización para encorsetar un comportamiento atávico, ni habían desarrollado en su psiquis elementos inhibidores de la crueldad. Simplemente habían vuelto en un instante a las cavernas —aunque dudo que los hombres de las cavernas fueran así de despreciables—. Saltaban y reían salvajemente, sin control y sin normas. Lo espeluznante de la escena era verlos sin culpa, impunes y sin remordimientos.

Su extrema crueldad me hizo desear exactamente lo mismo para ellos. Me temo que frente a estos comportamientos es fácil pensar que empleando la misma crueldad se podría cortar de raíz la crueldad que observamos en los otros. Y entonces, llegados a ese convencimiento, es cuando habremos retrocedido a tiempos del homo erectus. De nada habrá servido la difícil convivencia de siglos; ni la evolución del pensamiento humano; ni las preguntas planteadas por hombres sabios y las respuestas que nos han ofrecido en estos siglos. Todo tirado al estercolero en cuanto aflora el cerebro de reptil que llevamos a flor de piel… ¡Y qué fácil es! ¡Y qué patéticas resultan las patrias culturales o étnicas cuando sirven para justificar lo más primario de nosotros mismos!

Y aún es más triste comprobar que no hay que retroceder a las cavernas. Ayer mismo, los clérigos de la civilizada Europa ritualizaban el mismo tormento: quemaban vivos a otros hombres porque no compartían exactamente sus creencias. Y hoy, otros clérigos de barba negra y túnicas blancas, animan a quemar vivos a los cruzados infieles por la misma razón: son distintos… homo homini lupus.

Pero no sólo lo vemos en la vieja historia, la vida diaria, está plagada de crueldades humanas. Me temo que cualquiera de nosotros podría llegar a esos extremos porque la costra de civilización que inhibe nuestro cerebro de reptil es muy delgada. Basta rascar un poco para que afloren las mil formas la crueldad que llevamos instaladas en los resortes neurológicos del placer…



…y entonces, azuzados por algún iluminado, reaparecen los nacionalismos con sus patrias de colores que excluyen al extraño. Y afloran desde debajo de las piedras los patriotas que se enfundan en sus banderitas para justificar que los Otros son distintos. Y, no se sabe muy bien por qué —tal vez porque se visten con otra bandera—, no sólo es que sean distintos, es que son enemigos. Y a los Otros les pasa lo mismo, que imaginan una patria en la que solo caben ellos…

…con qué facilidad emergen los fascismos, esa ideología que diseña una patria ad hoc y hace de ella su único y monolítico discurso. Una y otra vez, cuando concurren las mismas condiciones históricas, económicas y sociales, aparecen las naciones-patrias-paraísos con sus miles de banderitas al viento para cegar el entendimiento y apelar a lo más primario. Las patrias creadas, inevitablemente, por definición, imprimen en sus patriotas el germen de la primacía y olvidan que los hombres tienen derechos y deberes por ser hombres no por ser catalanes o españoles, por ejemplo. Y en última derivada, esas patrias-paraísos sirven a los simples para justificar cualquier crueldad física, ética, emocional o política contra los Otros

…españolistas y catalanistas. Nuevos carcamales, que por no tener, ni siquiera tienen un Caudillo como Dios manda.